Barbara Hendricks, soprano lírica, intérprete de jazz y pro derechos humanos


Entrevista:


Nació usted en pleno apartheid. En una de las zonas rurales más pobres.

Mi padre era pastor metodista y mi madre, maestra.

Y ustedes ¿eran pobres?

Sí, pero yo no lo sabía porque todos lo éramos. Me tocaba trabajar: planchar, fregar, cocinar, pero tenía la naturaleza, y ese era mi reino.

A mis 8 años, el 4 de septiembre de 1957, se integró por primera vez a los estudiantes negros en una escuela de blancos.

¿Le tocó estrenar la nueva ley?

Arkansas era uno de los estados del Sur más progresistas y decidieron que la escuela de Little Rock sería la primera. Fue entonces cuando descubrí que estaba considerada una ciudadana de segunda categoría.

¿Cómo fue su primer día de colegio?

Pasé miedo porque el ejército nos escoltó hasta la escuela. Y lo que le voy a contar lo descubrí muchos años después: una de las nueve alumnas negras, que entonces tenía 14 años, me explicó que le escupieron y le pusieron chinchetas en la silla. A mi alrededor ocurrían muchas cosas tristes, pero mi vida no era dramática. Fue una época convulsa. Había miedo, pero también mucha energía y esperanza. En 1968 yo tenía 20 años, una época fantástica para tener esa edad: empezó mi lucha por los derechos civiles... No había aparecido el sida, el mundo era nuestro.

¿Era usted hippy?

Era demasiado pobre para ser hippy. Los hippies eran chicos ricos que el fin de semana iban a casas muy bonitas. Aunque llevaba el pelo afro y me vestía como una hippy, estaba todo el día estudiando. A los 20 años ya era matemática. Sí, el canto vino después.

¿Sabía a qué iba a dedicarse?

Lo único claro es que no quería tener un jefe, así que me negué a aprender mecanografía para no ser secretaria.

Debía de tener un padre severo.

Muy severo. Mi relación con él fue la escuela para aprender cómo decir la verdad a la autoridad. Era muy duro, pero perseveré en ser yo misma. Tenía claro que, siendo mujer y negra, había de trabajar más que los hombres negros y que las mujeres y los hombres blancos para conseguir lo mismo. Mi madre siempre me insistía en que debía ser económicamente independiente.

¿Esa discriminación no es una herida?

No, es mi fuerza. 

Pero usted lo que quería era cantar...

Por encima de todo quería una educación. Todavía hoy una niña puede recibir un tiro en la cabeza por querer educarse (como Malala Yousafzai, de Pakistán): sigue siendo algo por lo que luchar. Yo cantaba en la iglesia y en el coro de la universidad. Un señor me escuchó y me ofreció una beca para estudiar en una escuela de verano en Aspen, Colorado, y así empezó todo.

A los 20 años era usted una preciosidad, ¿qué hacía con los chicos?

La verdad es que florecí muy tarde, era dos años más joven que el resto de los chicos de mi curso y aun así los encontraba increíblemente estúpidos. Tenía buenos amigos, pero los novios no me interesaban. Nació en un barrio negro y segregado en lo más pobre de Arkansas, pero a los 20 años ya era matemática y química. La música vino después, en un curso de verano: "Fue entonces cuando descubrí el mundo de la música clásica, había conciertos fantásticos, y tuve una magnífica profesora que me ofreció seguir con ella en la Juilliard School de Nueva York".


Ha actuado en los teatros de ópera más importantes del mundo y ayer lo hizo en el ciclo Palau 100 del Palau de la Música Catalana junto a la Orquestra de Cadaqués. Hecha a sí misma, es una mujer muy activa en temas de derechos humanos.

"Tengo que aprender a estar callada y escuchar", dice, pero mejor que no lo haga.

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¿Y el amor libre y todo eso?

Nunca les pedía que se quedaran, ja, ja, ja. Tengo la gran fortuna de estar casada con mi compañero del alma, así que está bien que todo empezara tarde.

¿Dónde lo encontró?

Es mi segundo marido, también sueco. Nos conocimos en un concierto, él se ocupaba de las luces del teatro.

¿Blanquito y rubito?

Sí, un auténtico vikingo. No sólo iluminó aquel concierto, sino que ilumina mi alma cada día. La primera vez que nos vimos iniciamos una conversación que todavía continúa: en la mesa, en el coche... Nunca he conocido a un hombre con tanta integridad.

¿Qué ha sido lo difícil en su vida?

Ha habido muchas dificultades: la salud, por ejemplo. Sin embargo, lo más difícil es vivir en el presente porque siempre quiero tenerlo todo planeado. Y no puedes pretender solucionarlo todo: hace 25 años que trabajo con los refugiados (Acnur) y por fin he aceptado que no voy a cambiar el mundo. No debe de ser fácil transitar por ese mundo sin insultar a nadie por el camino. Intento ser lo más respetuosa posible, pero tropiezas con mucho burócrata y político que merece ser insultado. Acabó creando su propia fundación. Sí, porque es muy sencillo: estoy sólo yo.

Usted ha sido pobre, rica, ignorada, aclamada... 

El aprendizaje fundamental ha sido ser honesta conmigo misma, y para eso he debido aprender a escucharme; pero lo más importante es no tener miedo, y eso no es fácil.

¿Cómo lleva el típico sentimiento de culpa de las madres?

Es un sentimiento inútil. Haz que funcione, intenta conseguir calidad de tiempo.

¿Qué desea para su nieto?

Tiene tres meses, lo abrazo y le pregunto: "¿Pero tú quién eres?...". Deseo que llegue a ser quien es, que no sea egoísta, que aporte a su sociedad y que sea feliz consigo mismo.

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Carlos Soler Carlos Soler Experiencia en el sector de la tecnología y TIC. En Blogtecnia desde 2006. Ex-Asistente blogger al MWC de Barcelona. Exeditor en GeeksRoom. Me podéis seguir en Twitter, Google+ y Facebook. Encontrareis mi poemario en la iniciativa de: Save the Children.

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